Cambiar el mundo

Llevo unos cuantos años con la idea de cambiar el mundo, pero he empezado estos meses a replanteármelo. Por muchos y varios motivos, tanto conceptuales y teóricos como prácticos y muy personales.

En lo que se refiere a lo conceptual, me estoy preguntando ante todo qué significa realmente cambiar y qué es esto del mundo. Para ponernos en marcha con esta tremenda tarea, habrá que definir primero de qué hablamos. Y creo de hecho que es esencial hacer ese ejercicio y, ante todo, poner nuestras conclusiones en común ya que para mí cambiar puede significar algo y cómo entiendo el mundo no es necesariamente cómo lo entiende otra persona.

Cambiar, entiendo yo, es modificar, transformar algo, principalmente porque, tal y como está, consideramos que tienen algunos fallos y necesita una mejoría. Bueno, parece que estamos más o menos de acuerdo que actualmente en el mundo hay asuntos que necesitan una reforma. Ahora bien, si observamos el mundo con los ojos de intelectuales como Ola Rosling, Hans Rosling o Steven Pinker, nos daremos cuenta de los enormes avances que hemos vivido a nivel global y que en términos generales vamos bastante bien. Thomas Picketty nos dará una visión escalofriante sobre las desigualdades económicas. Y Daniel Kahneman o Nassim Taleb nos dirán que hay que tener cuidado con las predicciones de los expertos ya que suelen acertar más mirando hacia atrás que hacia delante. Todo esto sin duda son generalizaciones de estudios profundos y en los que vale la pena sumergirse para ampliar nuestra visión. Dejo una línea aparte para Yuval Noah Harari, cuyos libros (Homo Sapiens y 21 lecciones para el siglo XXI) me produjeron varios momentos de revelación, pero aún no me he atrevido con Homo Deus… Pero hay muchísimas más voces, muchísimas, en esta era de la información, y considero que es importante escucharlas todas para tener una perspectiva del espectro global.

La Agenda 2030 de las Naciones Unidas que lleva por título “Transformar nuestro mundo” y presenta una serie de 17 objetivos que se consideran esenciales para cambiar el mundo

Pero no es lo que voy a hacer aquí. Aquí solo quiero darle sentido a aquello de “cambiar el mundo” desde mis reflexiones y experiencias de estos meses, de cambios y nuevas normalidades, pero en las que confluyen evidentemente también los años anteriores vividos. Cuando pienso en cambiar el mundo, se me plantea por tanto la duda acerca de qué partes del mundo son las que exactamente hace falta cambiar. Tenemos en la actualidad una agenda mundial, la Agenda 2030 de las Naciones Unidas que lleva por título “Transformar nuestro mundo” y presenta una serie de 17 objetivos que se consideran esenciales para cambiar el mundo. Es sin duda un buen principio. No solo son objetivos globales, además se hace un seguimiento con indicadores y hay un plazo, hasta el año 2030, para cumplirlos. Es una agenda que sigo con atención y que considero puede ser catalizadora para transformar el mundo. Pero también lo son los cambios que está trayendo esta pandemia global. Tanto la planificación organizada y exhaustiva como los imprevistos súbitos tienen el potencial de generar cambio. Y esto es algo que debemos tener muy presentes si nos hemos propuesto ser partícipes en esto de cambiar el mundo.

Y esto es algo que se me suele olvidar en mi propia vida. Lo de los imprevistos. Yo soy muy de organizar y planificar, de apuntar y definir estrategias. Pero este año me topé con un imprevisto, mi propia vida interior oculta. Si bien, en general, suelo ser también muy flexible y adaptarme con facilidad a nuevas circunstancias, esta vez aquellas sombras que tenía bien guardadas en la oscuridad me han obligado a parar y a replantearme no solo qué significa cambiar el mundo, sino por qué razones me he metido en ese berenjenal. Voy a empezar por las razones, sin ser exhaustiva, y luego compartir mi idea de lo que significa cambiar el mundo.

¿Por qué me he metido en este berenjenal? Ay, ahora podría contaros lo tremendamente sensible y comprometida que he sido siempre, mi elevada moralidad y mis altísimos estándares de justicia… que supongo que existen, sin embargo, también mis sombras me han llevado a meterme aquí. Una de ellas es mi excesivo sentido de la responsabilidad. Desde la teoría de indefensión aprendida, en mi caso, estamos hablando de que tengo en realidad un estilo atribucional positivo, pero lo tengo no solo para los hechos positivos sino también para los negativos. Es decir, en cualquier situación me considero responsable del resultado final… y claro, llega un momento en el que se hace evidente que no, no todo depende de mí, pero soltar ese control y darme cuenta de que no soy superwoman duele. Y esta vez mucho, porque había empezado a plantearme realmente que podía cambiar el mundo. 

Además, me topé con otra visión que ya había mirado alguna vez de reojo, sin hacerle demasiado caso. Considero que como seres humanos con este cerebro tan especial hemos ido creciendo desarrollando mecanismos de supervivencia para adaptarnos al medio y a las situaciones que nos ha tocado vivir. Evidentemente no soy la única que lo dice, en psicología se estudia y se analiza desde diferentes enfoques y el psicoanálisis lleva un tiempo determinando los mecanismos de defensa existentes. Uno de ellos es el altruismo. Sí, como seres sociales y empáticos, somos también altruistas, pero ese altruismo no siempre va a ser una tendencia sana, puede ser también patológica e incorporar una serie de conflictos que al final, si estamos dispuestas a mirarlos más de cerca, nos pueden dar pistas sobre comportamientos compensatorios que nos producen malestar y que no son sanos para nosotras ni para las demás personas.

Kate Raworth define el mundo como el donut, entre los fundamentos sociales y las limitaciones medioambientales que debemos tener en cuenta

Conforme se me iban acumulando frustraciones y malestar, comenzaba a plantearme apartarme de esa senda y vivir una vida “normal”, de esas de un trabajo cualquiera solo por dinero y sin pensar demasiado, de estarme calladita cuando se atentaba contra la dignidad humana de alguna persona… ya, pero tampoco podía. Así que, aquí estoy, dándole otra vuelta a ese concepto para que no quemarme, pero sí aportar un granito de arena. No podía, porque supongo que tengo por ahí una convicción profunda: de que este mundo puede ser un grandioso lugar para todos. Kate Raworth define ese lugar como el donut, entre los fundamentos sociales y las limitaciones medioambientales que debemos tener en cuenta, un lugar donde se dan las condiciones para una vida digna y justa para todas las personas, todos los seres y el planeta.

Por tanto, más que cambiar el mundo, empiezo a tomármelo como una participación en la co-creación de condiciones de vida digna, poniendo especial atención en no asumir demasiada responsabilidad, aceptando y adaptándome a los imprevistos, escuchar y hablar para sembrar, aprender siempre para evitar daños colaterales, y comprendiendo que en realidad solo me puedo cambiar a mí misma.

Artículo escrito para la Revista digital Con la A, nº 72 noviembre 2020, https://conlaa.com/cambiar-el-mundo/ | Imagen de Elena Mozhvilo en Unsplash

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